Escrito por 01:10 Historia de España

Franco: de general disciplinado a dictador absoluto (4)

Del mando militar al control absoluto del Estado: así se forjó el poder de Franco en los primeros meses de la Guerra Civil.

No fue el más carismático ni el más conspirador. No fue tampoco el primero en alzarse ni el último en dudar. Pero cuando los sublevados necesitaron una cabeza única, eligieron a Francisco Franco. ¿Por qué él? Este capítulo aborda esa transformación: la conversión de un militar meticuloso en el núcleo del nuevo Estado autoritario que emergía entre el humo de la guerra.

Una ambición que no se notaba

A diferencia de otros generales del golpe, Franco llegó tarde. Dudó en sumarse y sólo voló de Canarias a Marruecos cuando supo que el pronunciamiento se había iniciado. Su carrera militar había sido brillante, pero sin relieve político. Hombre de jerarquías, disciplinado y de discurso sobrio, pocos lo veían como figura con ambiciones de poder total y por eso se le eligió.

Fue el 21 de septiembre de 1936 cuando, en una finca de Salamanca, se decidió su nombramiento como Generalísimo y Jefe del Gobierno del Estado.

El Alcázar como teatro fundacional

Días antes, Franco había dado un golpe maestro. Contra la lógica militar, desvió sus tropas hacia Toledo para liberar el Alcázar, cuyo valor propagandístico era incalculable.

La imagen de Franco entrando en las ruinas del Alcázar, donde Moscardó había resistido el asedio republicano durante más de dos meses, se convirtió en icono. No solo rescataba una fortaleza, rescataba una idea de España: heroica y tradicional.

El apoyo que lo apuntaló

Apenas nombrado jefe, Franco comenzó a recibir adhesiones que legitimaron su nuevo poder: Falange se rindió a él, aunque la controlaría más adelante; el Ejército obedecía sin fisuras, pero fue la Iglesia católica quien ofreció la legitimidad que necesitaba.

Primero fue el obispo de Salamanca, Pla y Deniel, quien publicó una pastoral que presentaba la guerra como cruzada. Poco después, la mayoría del episcopado firmó una carta colectiva en apoyo de los sublevados. No fue una decisión improvisada: fue la respuesta al terror vivido en la zona republicana, donde sacerdotes y religiosos fueron asesinados y templos quemados. Pero esa lectura religiosa de la guerra reforzó la figura de Franco como salvador.

El Estado se construye en torno a un nombre

A finales de 1936, Franco era a todos los efectos el único que firmaba cada decisión. Nada se movía sin su aprobación.

Se creó un sistema de represión legalizada, los tribunales militares juzgaban sin garantías. La censura previa se impuso como norma y se organizó una estructura de propaganda centralizada.

Apoyos exteriores, legitimidad internacional

Desde el inicio, Franco supo que la guerra no se ganaría sin apoyo exterior y por ello Alemania e Italia se volcaron con él. Hitler y Mussolini vieron en el conflicto español un ensayo general para lo que vendría. Franco ofreció territorio, silencio y alineamiento ideológico, a cambio, recibió armas, aviones y tropas.

En paralelo, buscó el reconocimiento del Vaticano. El perfil anticomunista de su régimen era muy de su gusto, que vio en él un muro de contención frente al ateísmo revolucionario. Esa relación se consolidaría con el tiempo y se traduciría en privilegios concretos: educación religiosa, presencia política y un lugar simbólico en el régimen.

El poder se cierra sobre sí mismo

En solo tres meses, Franco había pasado de ser uno más a ser el único. Los rivales internos quedaron desplazados. Mola moriría en 1937. Queipo fue relegado al sur. Cabanellas no volvió a tener influencia.

Todo el sistema se fue orientando hacia un solo centro. Falange y los tradicionalistas serían unificados por decreto en abril del año siguiente.

Franco no solo era ya el jefe. Era el régimen.

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