Written by 21:26 Historia de España

La guerra dentro de la guerra: cuando la República se desgarró por dentro (5)

El enemigo ya no solo estaba al otro lado del frente. También se había instalado en casa.

Durante los primeros meses de la Guerra Civil, las diferencias ideológicas dentro del bando republicano se toleraron en nombre de un objetivo común: frenar el avance de Franco. Pero, a medida que pasaba el tiempo, esa tregua ideológica se volvió insostenible. La pregunta que se imponía ya no era cómo ganar la guerra, sino para qué ganarla. ¿Se luchaba por una revolución libertaria, por un Estado comunista o por una democracia reformada?

Esa fractura comenzó a gestarse en el verano de 1936, cuando la revolución social tomó las calles, desbordando al gobierno republicano. En los barrios obreros de Barcelona se superponían instituciones estatales, comités revolucionarios, milicias armadas y sindicatos con visiones radicalmente opuestas. La convivencia entre estas estructuras era, desde el inicio, una bomba de relojería. Y estalló un año después.

Los comunistas toman el control

El Partido Comunista de España en la Transición española.
Con el respaldo de la Unión Soviética, el Partido Comunista de España (PCE) empezó a consolidar su poder dentro del aparato republicano. Desde el Ministerio de Guerra, primero con Indalecio Prieto y luego con Juan Negrín, impusieron una política de control absoluto: eliminación de comités autónomos, incorporación forzosa de las milicias al Ejército Popular y restauración del poder estatal.

El mensaje era contundente: sin un Estado fuerte, no había posibilidad de victoria. Para los comunistas, las experiencias colectivistas y las milicias independientes eran una amenaza tanto militar como política. La unidad debía imponerse, incluso a costa de sofocar el impulso revolucionario.

Anarquistas y poumistas

Pero no todos estaban dispuestos a ceder. En Cataluña, dos fuerzas defendieron su autonomía frente al centralismo comunista: la CNT y el POUM.

La Confederación Nacional del Trabajo (CNT), anarquista, había sido decisiva para frenar el golpe militar en Barcelona. Desde entonces gestionaban colectividades agrícolas e industriales. Para ellos, renunciar a la revolución era traicionar a los caídos. La guerra era parte de una lucha más amplia: contra el fascismo, sí, pero también contra el capitalismo y el Estado burgués.

Por su parte, el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) era una escisión crítica del comunismo oficial, opuesta a la línea de Moscú y al culto a Stalin. Esto los convirtió en enemigos directos del PCE, que los acusaba de colaborar con el fascismo.

Mayo de 1937

El 3 de mayo de 1937, agentes de la Generalitat intentaron tomar la Telefónica de Barcelona, bajo control obrero desde el inicio de la guerra. Ese gesto, aparentemente técnico, fue el desencadenante de una insurrección. La CNT levantó barricadas y el POUM se sumó.

Durante casi una semana, la ciudad fue escenario de un conflicto fratricida. Las fuerzas del PSUC y la policía republicana se enfrentaron a las milicias anarquistas en un combate calle por calle. Hubo ejecuciones, traiciones, y un silencio incómodo por parte del gobierno central, paralizado ante el colapso interno.

El alto el fuego llegó por agotamiento. Más de 500 muertos, miles de heridos, y una conclusión clara: la unidad republicana había acabado.

Cambio de rumbo: Negrín sustituye a Largo Caballero

La batalla de Barcelona tuvo consecuencias inmediatas. Francisco Largo Caballero, jefe del gobierno y exdirigente sindical, fue incapaz de frenar el enfrentamiento entre aliados. Su intento de conciliar a comunistas, anarquistas, socialistas y republicanos moderados fracasó.

El 17 de mayo, presionado por el PCE, por Azaña y por enviados soviéticos, Largo Caballero dimitió. En su lugar ascendió Juan Negrín, médico, economista y figura sin base sindical, pero con una idea muy clara: solo una victoria militar podía salvar a la República.

Con él, el Estado se profesionalizó, el Ejército se disciplinó y las utopías sociales fueron marginadas. La revolución quedaba oficialmente cancelada.

La persecución del POUM

Pocos días después, el POUM fue declarado ilegal. La acusación: conspirar con el enemigo. Sin pruebas, pero con un aparato propagandístico eficiente, el gobierno persiguió a quienes hasta entonces habían combatido en el mismo frente.

Andreu Nin, líder del POUM, fue detenido por agentes del NKVD soviético. Nunca más se le volvió a ver. Su desaparición simbolizó el fin de un proyecto revolucionario que había aspirado a cambiar no solo un régimen, sino una sociedad entera.

Con la caída del POUM y el silenciamiento de la CNT, se impuso un nuevo orden en la zona republicana. Un orden disciplinado, militar, sin espacio para revoluciones paralelas. Pero también un orden que dejó heridas profundas entre quienes habían creído que la guerra era también una esperanza de transformación radical.

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